La sal y la palabra

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Madrid vuelve a ser esta semana, el centro de atención del mundo y la calle toma la iniciativa. Por fin, los ciudadanos toman las riendas de su destino y exigen otro mundo.
Porque, no nos engañemos con sociología barata : esto a lo que estamos asistiendo no es ni un remake del Mayo francés del 68 (con cuarenta años de retraso), ni tampoco una fiesta gigante organizada por adolescentes bien nutridos con ganas de dar el espectáculo, se trata pura y llanamente de una revolución.

Ya sé que algunos dirán que una revolución cambia el sistema y que, estas acampadas de la llamada #spanishrevolution, una vez se apaguen las luces de las elecciones o se canse el último resistente de Sol, no podrán impedir que la cosa siga igual. Ya sé que muchos hablarán de revuelta burguesa, llevada a cabo por jóvenes educados y con la suficiente cultura como para entender el mundo en el que nos movemos y manejar con arte todo el potencial aglutinador de las redes sociales y los nuevos medios de comunicación.

Pero la realidad es otra. En un país en el que aún no se quiere hacer balance de lo que supusieron 40 años de férrea dictadura y 3 de una contienda que dejaría al país atónito y desangrado, esto es otra cosa. Es, ni más ni menos que la recuperación de la memoria histórica, aquella que quisieron y que algunos, aún quisieran, robarnos a todos los españoles –y aquí no se habla ya de regionalismos, separatismos, particularismos y otros « ismos » tan interesantes para los pudientes siempre y cuando se trata de ocultar los problemas reales de une sociedad : juventud sin futuro, amiguismo y prepotencia, corrupción, escándalos, mentiras y políticas vendidas al dinero y al extranjero (sin que se atisbe cambio de rumbo posible), precarización generalizada y pauperización de gran parte de la clase media, no respeto de la Constitución y la firma de Tratados internacionales, sordidez de un Mercado y unas leyes fuera de alcance, etc.

Con más del 40% de los jóvenes en paro y el panorama dibujado más arriba, todo estaba listo para el resurgir de algo nuevo. Y lo nuevo, que podía haber sido lo malo, lo de siempre, o sea la extensión del poder enorme ya de una derecha extrema, al final fue otra cosa : unas puertas abiertas, de par en par, a la esperanza (a « la sal y la palabra » al fin recuperadas, parafraseando a Miguel Hernández), a la esperanza que brotaba de aquel grito coreado, hasta la saciedad, allá por los años treinta del siglo pasado, por todos los demócratas del mundo,

¡No Pasarán! ¡Sí, señores, esto es una revolución en marcha, una llamada apremiante a un cambio necesario, la apertura de todas las ventanas del mundo para que el aire de otro mundo, más viable y solidario, logre, por fin, entrar y purificarnos de viejos miasmas putrefactos!

Se equivoca quien piense que todo este proceso se apagará una vez cierren los colegios electorales y los resultados de las elecciones se proclamen. Como se equivoca todo aquél que piense que la movida anda por la senda de la neutralidad política. No estamos ante un movimiento de protesta de un colectivo o grupo marginado e indignado: se trata de la Sociedad en su conjunto que se remanga, escupe en la palma de las manos y arrima el hombro a la obra para, ladrillo a ladrillo, noche tras noche, empezar a construir un futuro diferente.

La #spanishrevolution (y por ello también cala a nivel internacional) va más allá de lo que ella misma piensa: pone el dedo en la llaga del mundo actual, mostrando que la alternativa real no está en elegir, cada cuatro o cinco años, entre capitalismo neoliberal y « capitalismo de rostro humano », sino entre el cambio real ya, la democracia, la justicia y las libertades reales ya, o la barbarie, pura y llanamente. Por otra parte, realiza, al tiempo que la recuperación de la memoria histórica y el protagonismo de las masas, el regreso del reino de la utopía (aquella que algunos pájaros de mal agüero, condenaron para siempre después de la caída del Muro de Berlín).

« Rebeldes sin casa », rezaba una pancarta de la Puerta del Sol. Rebeldes, sí, pero rebeldes conscientes; sin casa, pero no sin causa… Los significantes significan, valga la redundancia y, como diría Lacan, si las palabras pueden mentir, el síntoma, por su parte, nunca miente. No siendo el síntoma sino la señal o indicio de una cosa que está sucediendo o que va a suceder.

Estas pancartas, toda esta movida, la enorme y vital y positiva energía que desprenden las acampadas de Mayo, son el síntoma de un mal crónico, ya casi endémico, en busca de remedio y salvación. Y qué mejor remedio que aquel que empieza con la toma de conciencia del poder de la palabra. Estamos asistiendo a la recuperación de la palabra; una palabra robada, confiscada y desnaturalizada por los políticos y la política de poca monta y del día a día que fomentan los mercaderes y sus lacayos trajeados. « No nos representan », rezaba otra pancarta célebre de Sol.

La gente necesita hablar, intercambiar, poder expresarse. Las familias, los jóvenes, los padres, los trabajadores, todos necesitamos espacios dónde poder intercambiar: lugares de libre expresión (desaparecidos con la evolución tecnológico-urbanística, reprimidos con la llegada del reino de la tecnocracia y de les expertos sin cultura). Para recoger otra frase de Jacques Lacan: “Lo que fue anulado (prescrito) de lo simbólico vuelve en lo real.”

De hecho, los partidos actuales, con su verticalidad, su falta de transparencia, afán de poltronas y pérdida de contacto con la realidad de la calle, no pueden representar a nadie más que a ellos mismos. Los partidos políticos, o cambian, o sobran. Las políticas o parten del bien común y miran al largo plazo y la solidaridad internacional, o sobran. Como escribiera hace unas horas Julio Anguita en El Mundo: « Tienen la ingenuidad y la imprudencia de todos aquellos que se han atrevido a decir que el rey está desnudo y que la farsa es eso, una farsa.

Y lo hacen, a tenor de las declaraciones de sus portavoces, con una finísima mezcla de sentido común, valentía moral y madurez ciudadana que los hace casi únicos en este páramo berroqueño en el que la Ética y los valores ni cotizan en bolsa ni tampoco en las urnas. (…) » « ¿Qué quiere el movimiento 15-M? », se preguntaba El País, y contestaba, a tenor de los diez puntos definidos por los organizadores : « Representación para partidos minoritarios, fin del bipartidismo, cambio del modelo económico, medidas contra la corrupción y democracia participativa. »

El gran mérito de las acampadas de Mayo, además de despertar las conciencias y devolverles a los ciudadanos (que vuelven a ser sujetos) el lugar central que parecían haber perdido en el funcionamiento de la Ciudad, es sin duda el de haber logrado formalizar el descontento que los poderes trataban de acallar a golpe de telebasura, de fútbol multimillonario, de fiestas nocturnas, de alcohol y drogas de síntesis.

De alguna manera, estas reuniones, ya se extingan como campamentos o no, seguirán influyendo, por mucho tiempo, en la política Española: ya nunca más podrá volver a ser como antes ni nadie podrá seguir como si nada, porque, en realidad, el “virus Tahrir” cruzó el Mediterráneo y los jóvenes han sido capaces de darle forma a una revuelta contenida y, así, elevar a nivel político lo que tan solo era frustración y enojo individuales o de clanes. Este simple hecho, de por sí, es ya revolucionario.

Porque además, aquí, como en las revueltas del “invierno árabe”, lo que realmente está en juego es la independencia y la democracia, en el sentido noble y más amplio de la palabra. Porque, por primera vez desde hace mucho tiempo, los ciudadanos son noticia, la calle marca los titulares y los jóvenes son actores de su propio presente. El resto: Monarquía o República, el papel de la Iglesia, Regionalismos, etc. se convierten en aquello que nunca debieron dejar de ser: ítems en el orden del día de un futuro diferente, radicalmente otro…

Los corruptos, perversos, todopoderosos, explotadores y abusadores tendrán que rendir cuentas o recordarán esta semana del mes de mayo de 2011 en que la juventud y una parte importante de la población, empezó, desde la ética, a mirarlos a los ojos y pedirles cuentas de lo hecho y lo por hacer. Esta vuelta de tortilla en unas sociedades en las que muchos parecían perder la esperanza y se dejaban llevar por la resignación de las repeticiones más negras de la historia, este recuperar la memoria histórica del pueblo, es, en sí misma ya, verdaderamente revolucionaria.

José Camarena
 

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